
“Solía soñar con agua”, me contaba María, su tía abuela, recordando los detalles de aquel martes después de 8 años. La mañana en la que iba a ser asesinado, Pedro López despertó alrededor de las 7 am y esperó con paciencia el avión que traía al hombre que le iba a dar la gran noticia. La noche anterior había tenido un sueño poco agradable en el que atravesaba un río oscuro donde no se escuchaba más allá de su respiración, pero al despertar se sintió feliz de no estar más ahí.

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